¡Dios misericordioso y humano! ¡Por Tu inefable bondad, Tú nos creaste de la nada, para disfrutar de Tus bendiciones, y por la sangre de Tu Unigénito Hijo, nuestro Salvador, que nos llamó, que nos habíamos apartado de Tus mandamientos! Ven ahora, ayuda a nuestra debilidad, y como una vez prohibiste el mar agitado, así prohíbe ahora la rebelión de nuestros corazones, para que no nos pierdas a los dos, Tus hijos, muertos por el pecado, en una hora, y para que no nos digas: “¿De qué me sirve mi Sangre, para que nunca descienda a la decadencia”, y: “En verdad os digo, no os conocemos”, porque nuestras lámparas se han apagado por falta de aceite. Amén.
Ver ENOJO