¡Oh, gran mártir Juan de Cristo, paladín de los ortodoxos, paladín del perseguidor de los enemigos e intercesor de los ofendidos! Escúchanos, en las angustias y en los dolores, orándote, porque la gracia te ha sido dada de Dios para consolar a los tristes, ayudar a los débiles, librar a los inocentes de una muerte vana y por todos los males, orar por los que sufren. Que nuestro campeón sea fuerte contra todos nuestros enemigos visibles e invisibles, para que con tu ayuda y lucha todos los que nos muestran el mal sean avergonzados. Orad a nuestro Señor, para que nos conceda a nosotros, sus siervos (nombres) pecadores e indignos, recibir de Él el bien inefable que está preparado para quienes lo aman, en la Trinidad de las Santas Glorificaciones Dios, siempre, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Fuente: “Oraciones leídas en los servicios de oración”, Petrogrado, Imprenta sinodal, 1915.
Después de la oración, haz una petición específica con tus propias palabras. Al final añade: “¡Si es la voluntad del Señor!” Es posible que nuestras solicitudes no siempre sean para nuestro beneficio; sólo Dios sabe qué nos es útil y qué no. Por ejemplo, una persona puede rezar en un atasco para no llegar tarde al aeropuerto, y allí le espera un avión que se estrellará en el aire...
No olvides agradecer a Dios (Lucas 17:11-19) por la oración cumplida o incumplida (un santo es sólo un intercesor; Dios cumple todas las oraciones). Y recordemos que cualquier oración pura y sincera es en beneficio de una persona, incluso si su petición no fue cumplida. Para obtener más información, consulte: Por qué Dios no siempre responde nuestras oraciones.