Líbrame, Señor, de la seducción del impío y maligno Anticristo que viene, y escóndeme de sus trampas en el desierto escondido de tu salvación. Concédeme, Señor, la fuerza y el coraje para confesar firmemente tu santo nombre, para que no retroceda ante el temor del diablo, y no pueda renegar de ti, mi Salvador y Redentor, de tu Santa Iglesia. Pero concédeme, Señor, día y noche llanto y lágrimas por mis pecados, y ten piedad de mí, Señor, en la hora de tu Juicio Final. Amén.