Dios y Señor de todo, de cada aliento y alma, ¡sólo a mí tienes el poder de curarme! Escucha mi oración, el maldito, y la serpiente que anida en mí, consumida por el influjo del Espíritu Santísimo y vivificante.
Y yo, pobre y desnudo de todas las virtudes, caigo a los pies de mi santo padre (espiritual) con lágrimas, y su alma santa a la misericordia, incluso a Yo misericordioso, atractores.
Y concede, Señor, en mi corazón la humildad y los buenos pensamientos, propios del pecador que ha aceptado arrepentirse ante Ti; y no dejes que al final deje la única alma que se unió a Ti y te confesó, y en lugar del mundo te eligió y te prefirió.
Créeme, Señor, que quiero salvarme, aunque mi mala costumbre pueda ser un obstáculo: pero toda la esencia es posible para Ti, Maestro, aunque sea imposible para la esencia del hombre. Amén.