Tú, Señor, te ofreciste en sacrificio de la cruz para mi salvación. ¿Puedo yo rechazar las cargas de injustos juicios sobre mí por parte de los hombres? Haz, Señor Jesucristo, que, pensando en las injurias y calumnias que tú soportaste por mí, mi corazón aprenda a la paciencia, no solo sin irritación, sino incluso con gratitud, a soportar con gusto las ofensas y condenaciones de otros. Solo te suplico, Señor, que no dejes a mis enemigos para siempre en la ceguera de ellos, sino que al fin los ilumines con el resplandor de tu gracia. Amén.
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Señor, ¿por qué se han multiplicado los que me persiguen? Muchos se levantan contra mí, muchos dicen a mi alma: «No hay salvación para él en su Dios». Tú, en cambio, Señor, eres mi defensor, mi gloria y el que levanta mi cabeza. Con mi voz clamé al Señor, y él me oyó desde su monte santo. Me acosté y dormí, me levanté porque el Señor me defiende. No temeré a las multitudes que me rodean. ¡Despierta, Señor, sálvame, Dios mío! Porque tú has quebrantado a todos mis enemigos sin razón; has quebrantado los dientes de los pecadores. Señor es la salvación, y sobre tu pueblo está tu bendición.
* Traducción sinodal.
Véase Calumnia