¡Señor, Tú visitas y aceptas a los pecadores! ¡Y resucitas a los muertos! ¡Y tú mandas sobre las aguas del mar, y sobre los vientos del cielo! Y los panes crecen milagrosamente en Tus manos, dando una cosecha mil veces mayor: ¡se siembran, se cosechan, se hornean y se parten al mismo tiempo, en un instante! ¡Y tienes hambre de librarnos del hambre! ¡Y tienes sed de que nuestra sed sea saciada! ¡Y tú viajas por el país de nuestro exilio, esforzándote por devolvernos la naturaleza tranquila, celestial y llena de dulzuras que hemos perdido! Derramas Tu sudor en el Huerto de Getsemaní, para que dejemos de derramar nuestro sudor en la obtención del pan, y aprendamos a derramarlo en la oración por la digna comunión del Pan Celestial. Las espinas que nos produjo la tierra maldita, las tomaste sobre tu cabeza; ¡Has coronado y magullado con espinas tu santísima cabeza! Hemos perdido el árbol paradisíaco de la vida y su fruto, que impartía la inmortalidad a quienes comían. Tú, postrado en el árbol de la cruz, te convertiste para nosotros en fruto que concede vida eterna a tus participantes. Tanto el fruto de la vida como el árbol de la vida aparecieron en la tierra en el campamento de nuestro exilio. Este fruto y este árbol son superiores a los del paraíso: ellos comunicaban la inmortalidad, y éstos comunicaban la inmortalidad y la Divinidad. A través de Tu sufrimiento has derramado dulzura en nuestro sufrimiento. ¡Rechazamos los placeres terrenales, elegimos el sufrimiento como nuestra suerte, sólo para ser partícipes de Tu dulzura! ¡Es como un anticipo de la vida eterna, más dulce y preciosa que la vida temporal! Te quedaste dormido en el sueño de la muerte, que no pudo mantenerte en el sueño eterno, ¡Tú, Dios! ¡Tú te levantaste y nos diste excitación de este sueño, del sueño feroz de la muerte, nos diste una resurrección bendita y gloriosa! ¡Tú has elevado al cielo nuestra naturaleza renovada y la has sentado a la diestra del eterno, coeterno contigo, tu Padre! ¡Nuestro señor! ¡Concédenos en la tierra y en el cielo glorificar, bendecir y alabar tu bondad! Concédenos con rostro franco contemplar Tu terrible, inaccesible, magnífica Gloria, contemplarla por siempre, adorarla y gozar en Ella. Amén.
Ver PASIÓN, AMOR DE AVERE